NO HAY NAVIDAD SIN ESPERANZA Y, SIN EMBARGO, ES NAVIDAD

Lo malo es que ya está todo dicho. No creo que nos quede nada por decir llegados a este punto. Llegados a estas tristes Navidades del año 2.012. Hemos escrito mucho en los últimos meses -mucho menos de lo que yo quisiera- y casi siempre sobre nuestra miseria y sobre nuestro negro horizonte. Imposible reflexionar sobre otras cosas. Por eso, no pienso ni que estas Navidades sean felices ni que, tampoco, puedan llegar a serlo. Nos rodea demasiada mugre, demasiado miedo y demasiada pena. He dejado de creer -hace ya tantos meses de ello que ni recuerdo en qué momento exacto dejé de hacerlo- en rectas y luminosas singladuras. Porque, como a muchos de vosotros, a mí se me ha muerto la esperanza. A lo mejor, cayó tirada en una inhóspita cuneta, a lo largo de cualquiera de aquellos caminos que nunca podré terminar de recorrer. O a lo mejor -porque todo es posible- se nos quedó enterrada en ese pozo sin fondo que es un pasado sin cerrar. A saber dónde está y cómo cayó, al igual que un soldado anónimo muerto durante una batalla violenta y confusa. Sea cómo fuere -y dónde fuere- he dejado de creer en el milagro. Soy un vencido más en este tiempo oscuro de derrota. Ya sabéis... el tiempo y sus cosas. La vida.
Mucho antes que se nos muriese la esperanza, la Navidad olía a mazapán y a nieve. Antes -mucho antes- de que una tristeza interminable reinara sobre todas las cosas, la Navidad olía al serrín de un pesebre y a las agujas de los pinos. Eran los tiempos en que la Navidad era un refugio cálido de momentos felices -una luz especial caía sobre la tierra- en el que cerrábamos los ojos y respirábamos la cadencia dulce de una tregua. Todo aquello murió. Tal vez muriera antes -mucho antes- de que complicados laberintos nos llevaran a este abismo de dolor insondable, o de que aquello que nunca comprendimos, o que tal vez comprendimos demasiado bien, nos condujera a las rutas extrañas de la pérdida. Puede que muriera mucho antes, pero sólo entonces pudimos advertirlo. He perdido la cuenta -año tras año- de mi particular número de Navidades tristes. He perdido la cuenta de las veces que he deseado con fuerza -yo también he intentado hablar con las estrellas- que llegue un tiempo nuevo y más feliz. Un tiempo que no llega nunca porque -tal vez sea eso- ni existe ni va a existir ya para la persona en la que me he convertido.
Suena, de fondo, la elegante White Christmas de Michael Bublé pero -tremenda paradoja de este túnel oscuro- está llorando todo un pueblo. Suenan las canciones de siempre y decimos las mismas frases, pero está llorando toda una nación a la deriva. Lloran aquellos que no tienen trabajo y lloran aquellos que lo perderán en los próximos meses. Lloran aquellos que lo tienen precario, como también aquellos a los que han reducido el sueldo. Lloran aquellos que no tienen nada. Llora todo un pueblo empobrecido, esquilmado, escarnecido y perpétuamente insultado. Lloran aquellos que vivieron por encima de sus posibilidades -pero qué puercas pueden ser determinadas frases- y lloran aquellos para los que la Navidad -con sus deseos universales de paz y amor- no es más que una broma macabra. Lloramos todos los que no hemos sabido cambiar las cosas y forjar mundos más justos y felices.
Está llorando todo un pueblo y, lo malo, es que ya lo hemos dicho todo. Argumentos e ideas encima de la mesa que -repetidas de manera constante todo el año por centenares de nuestros compatriotas- no han servido para salvarnos del naufragio. Han frenado la insurrección hermanos. No habrá rebelión ni alumbraremos ninguna República rebelde bajo los cielos claros de España. Nos están ganando -o han ganado ya- esta batalla decisiva.
Y aquí estamos. Perplejos ante este desconsuelo. Navidad del año 2.012. Los cuatro puntos cardinales de la miseria ajena y de la propia, y una perpétua sensación de impotencia frente a una situación de vacío. España. Una España de la desolación sin límites y de este desastre infinito sobre el que han dejado de servir las palabras. Palabras por las que -sin duda y a pesar de todo- lo podríamos dar todo... ¿por qué no?
Pero, tal vez, la Navidad sea eso. Un manto de fraternidad y de consuelo que se extiende -una vez al año- sobre nosotros. Sobre nosotros, los que siempre perdemos esos desesperados combates librados entre las ruinas: los que nos hemos quedado siempre fuera de aquella ciudad a la que todavía soñamos como nuestra. Sobre nosotros, los que ya no caminamos sobre las sendas que, de verdad, nos importaba transitar: los que, vencidos y orgullosos, hace mucho que dejamos de reconocernos en aquellas personas que un día fuímos. Nosotros... los siempre derrotados.
No hay Navidad sin esperanza y, sin embargo, es Navidad.