MENOS HUMOS
Publicada en el Núm. 2 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense).

Sí Señores: yo fumaba. Fumaba como una auténtica chimenea. Fumaba de día. Fumaba de noche. Fumaba por la tarde. Nervioso. Relajado. En todo momento y lugar. Fumaba como un poseído por el espíritu de la nicotina. Como un anuncio. Como todo.
Por fortuna, no me hizo falta el miedo a la nueva Ley del 2.006 para dejarlo. Tampoco he sido de los que lo dejan por prescripción médica ante una grave enfermedad: ni siquiera para prevenirla. Lo dejé casi por accidente, sin pensar realmente que lo estaba dejando para siempre.
Os cuento. Un amigo mío me habló de una nueva terapia láser. Mi amigo, Procurador de los Tribunales y falangista, fumaba por causa de ambas cualidades innatas, sin poder precisaros por cuál de las dos fumaba más. Fumaba casi tanto como yo y, de pronto, llegó con esta historia: "me han dicho que dejas de fumar con una nueva terapia de acupuntura láser, en menos de media hora".
Naturalmente, yo no podía creerlo. Y mandé a mi amigo de avanzadilla al tratamiento. De puro y simple conejillo de indias de más de noventa kilos de peso.
El resultado fue sorprendente. Vino de la Consulta sin fumar. Pasó un día, otro y otro. Y no fumaba. Quise ver de cerca esa maravilla y llegó el momento decisivo: había pedido hora en la Consulta y me encaminaba hacia ella. Durante el camino, pensaba en el tabaco como en un viejo Camarada, como en alguien que, durante años y años, había cerrado filas -a tu lado, codo con codo- en todas las grandes batallas y también en las pequeñas escaramuzas. No podía recordar aquel tiempo lejano en el que, alejado del humo, mi cuerpo no había recibido, diaria y machaconamente, su acostumbrada ración de nicotina alquitranada.
Pensaba en ello como mero ejercicio intelectual, como divertimento previo a la terapia. Sin embargo, no me podía creer que fuera cierto, que fuera a dejar de fumar, precisamente, ese mismo día y pocas horas después. Imaginaros: después de tantos y tantos años compartiéndolo todo, ese amigo iba a desaparecer de mi vida en unos pocos minutos. Sencillamente imposible.
Llegué a la Consulta. Fumé mi último cigarrillo en un bar cercano. Me armé de valor y entré. Lo que sigue forma parte ya de la leyenda.
Resultó que, en menos de un cuarto de hora de manipulaciones en mi cabeza por medio de acupuntura láser, dejé absolutamente de fumar. Fumaba a las seis de la tarde, más no a las seis y veinte. Así, a palo seco y después de un sutil cosquilleo. De tres paquetes diarios a la nada. Absoluto y total salto en el vacío.
Y así dejé de fumar.
Sin fuerza de voluntad. Sin esfuerzos ímprobos. Tan sólo con un aparatito directamente apuntado a mi cerebro. Haré un año en el próximo mes de Febrero. No he vuelto a coger un pitillo ni para jugar con él. No me molesta que se fume en mi presencia y no pienso en el tabaco más que como un recuerdo lejano, un Alte Kameraden caído en el altar de lo políticamente correcto.
Por eso, a mí la Ley me pilla ya fumado. Veo a todo el mundo correr en la elección del método adecuado, dispuestos a sufrir para dejarlo. Veo a todo el mundo atemorizado con la necesidad legal de no fumar en el trabajo, de no fumar comiendo, de no fumar más que en pequeños espacios acotados. De no fumar nunca.
Lo que me induce a reflexión ya no es eso, afortunadamente. Lo que me atemoriza es la certeza -la tremenda verdad- acerca de la fácil solución de esta adicción a la luz de las modernas técnicas médicas. Resulta que el Estado tiene la clave de esta solución sanitaria, y no la divulga ni, mucho menos, la paga a los ciudadanos que desean dejarlo. Nunca, ni en mis peores pesadillas, he creído más en la teoría de una conspiración político-tabaquera.
Porque, si los avances médicos posibilitan una relativamente fácil y barata deshabituación del tábaco... ¿por qué no se extiende este remedio? ¿por qué no lo abona el Estado a través de la Seguridad Social? ¿por qué no cualquier otro medio o terapia de resultados contrastados?
Muchas malas lenguas comienzan a hablar de la existencia, también en esto, de una pavorosa doble moral. Por un lado el Estado legisla y conciencia a la ciudadanía sobre la necesidad de dejar el tabaco. Sin embargo, siempre debe existir una bolsa de habitantes suficiente que continúen en la adicción, y ello para que el Estado no cese en la enorme recaudación lograda a través de los ingresos obtenidos en la venta del tabaco. Es decir, existiría un sector de ciudadanos que, literalmente, morirían por la Patria. Se trata de aquellos que no dejan de fumar: pudiendo ser desenganchados no lo serán, en aras de los ingresos estatales.
Yo quiero creer que eso no es cierto. Lógicamente, me extrañaría que lo fuera. Es más, puestos a morir por la Patria, me quedo con los medios tradicionales. Sin embargo, no deja de ser extraño...
Yo fumaba por cuatro, y pude dejarlo -no es un recurso literario fácil- mediante un cuarto de hora de acupuntura. Lobotomía en miniatura... ¿Nos encontramos ante otro de esos misterios estatales modernos? No lo sé. Lo cierto es que, desde estas páginas, quiero apoyar a la gente que, a partir del Año 2.006, lo va a intentar. Puede dejarse, y yo soy la prueba viva de ello.
Y en esta batalla, como en todas, no existe un término medio: o se vence o se muere. Animo y al combate. Merece la pena.
A todos, de corazón... FELIZ 2.006.