MARÍA SAN GIL Y LA DIGNIDAD

14.05.2008

Publicado en el Núm. 127 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Los falangistas nos diferenciamos en infinidad de cosas de María San Gil. Básicamente, en que nosotros queremos una transformación íntegra y radical de la sociedad española y ella no. Sin embargo, existen factores que -desde siempre- nos han acercado a sus posiciones humanas y políticas. María San Gil es una mujer valiente. Por encima de las acostumbradas amenazas y coacciones, ella ha aprendido a comerse el miedo y a enfrentarse a los nacionalistas. Esos mismos nacionalistas a los que siempre, pasadas las Elecciones, intentan acercarse los grandes partidos en busca de alianzas parlamentarias.

Y es que María San Gil comprendió hace mucho -golpe a golpe e insulto a insulto- que con los nacionalistas no se puede ser neutral. Porque si uno defiende que el mantenimiento de la unidad de España merece todos nuestros esfuerzos -si la unidad española es un fin político y social de carácter primordial- con los nacionalistas no se debe pactar. Se me ocurren un millón de motivos para reeditar al revés un nuevo Pacto de Tinell, cuyo fin último sea el aislamiento social y político de las fuerzas políticas nacionalistas que pueblan nuestra vieja España. Porque son antiguos. Porque son reaccionarios. Porque en su seno llevan el germen inequívoco de la violencia armada. Porque no entienden el valor de la solidaridad entre todos los españoles. Porque suponen un lastre económico de contenido decimonónico. Porque representan lo peor, y más oscuro, de nuestra Historia. Porque son culturalmente falsos. Porque mienten constantemente para justificar sus posiciones. Porque...

Lo cierto es que, por encima de cualquier bandería, existe una cuestión central dentro del debate político nacional... ¿Existimos los españoles como pueblo y como Nación? ¿Tenemos una Patria común? La respuesta a estas trascendentales cuestiones configura -tal vez más que cualquier otra- la visión de futuro que tenemos para España en los próximos años. Delimita el proyecto de convivencia que las distintas fuerzas políticas tienen ante la realidad española. En el fondo, todas estas posiciones políticas pueden reconducirse a dos: las que creen en España y las que no. Somos muchos los que creemos que los nacionalismos disgregadores son uno de los principales problemas -si no el principal- puestos sobre el tapete español de estos tiempos revueltos. A nuestra generación le va a tocar decidir. Decidir si se quiere que España exista como nación con identidad propia, labrada a través de un pasado común y de un proyecto común de convivencia o si, por el contrario, consideramos que debe atomizarse y sumergirse en una sopa de letras, siglas y comunidades nacionales o de -reminiscencias barojianas- simples cantones. Nuestra generación deberá decidir algo tan importante como lo es la propia concepción de España.

Yo me temo que los socialistas en el poder ya han definido su modelo de España. El modelo por el que apuestan, como ellos dirían. Para establecer este modelo, por cierto, cuentan últimamente con los piropos y parabienes de nuestro Primer Ciudadano, el Rey de España. Rompiendo con su estricto deber de neutralidad, el Rey -soñando tal vez con una Corona al estilo de una Commonwealth ibérica- ya ha manifestado su predilección por Zapatero y por su proyecto político. Toma ya. No se callan ni debajo del agua y, sobre todo, después del celtibérico show protagonizado por Doña Telma Ortiz, intentando silenciar a casi todos los Medios de Comunicación españoles. Pero esta es otra cuestión...

Decíamos que los socialistas ya han decidido su modelo de España. Y en el Partido Popular -en medio del combate que está enfrentando a unas familias contra otras- parece que lo están decidiendo. Al parecer, los populares pretenden ganar Elecciones contra viento y marea. Quieren abrirse por los flancos, lo cual ha llevado a propugnar reabrir los canales -si alguna vez estuvieron cerrados- de contacto político con nuestros simpáticos amigos. Y es que debe ser más rentable defender la disgregación nacional que la defensa de la unidad nacional. Cosa de fachas, por supuesto.

Pero María San Gil no ha tragado. No quiere acercamientos con los enemigos de nuestra unidad. Ha manifestado, y cito de memoria, que lo que se necesita no es un estrechamiento de relaciones con estas formaciones políticas, sino un replanteamiento de nuestro proyecto unitario a los efectos de dar, con esta idea de solidaridad y unidad, la batalla en la arena política. Los votantes del Partido Popular quieren luchar por la unidad de España. Sienten, como una idea atractiva y positiva, que este valor solidario merece ser respetado y defendido. Mucho nos tememos que los actuales líderes populares, lejos de adoptar la gallarda posición de María San Gil, se han conformado con envolverse en la bandera para hacerse la foto, pero sin un convencimiento pleno y profundo en la unidad. María San Gil ha conectado con el sentir mayoritario de sus propios electores: esa clase de dignidad tan rara en estos tiempos.

Pedro Peregrino - Calle la provincia 5. Burgos. 09128
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