LA ETERNA CRISIS DEL PARTIDO POPULAR
Publicado en el Núm. 129 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Vaya por delante mi decidida y habitual intención de no meterme en camisas de once varas: de opinar ácidamente sobre extremos que, en última instancia, corresponden a otras personas o a otras colectividades de ellas. Sin embargo, la crisis del Partido Popular es tan evidente -tan vox populi- que no queda más remedio que tomar posiciones en torno a este relevante hecho político. Tengamos en cuenta, además, que los populares nos gobiernan en muchos de nuestros Municipios, y casi siempre por abrumadora mayoría absoluta. Por esta misma razón, y en el Madrid de Esperanza Aguirre, resulta tan difícil sustraerse a la evidente repercusión política que esta crisis interna llevará aparejada en la vida diaria de nuestros vecinos. En concreto, en nuestros Municipios de El Escorial y San Lorenzo, la importancia del estado interno del Partido Popular es innegable, dado el evidente peso político que este ala serrana popular tiene no sólo en la gobernación de nuestros Pueblos, sino en el conjunto interno de la formación derechista. Recordemos que, por ejemplo, José Luis Fernández-Quejo acompañó a Esperanza Aguirre en la Lista de las últimas elecciones autonómicas, siendo elegido Diputado para la Asamblea de Madrid.
Lo que está ocurriendo ni es nuevo ni, por supuesto, ha sorprendido a nadie. Al menos a ningún mediano observador de la realidad política española. La tensión existente entre una parte importante del electorado popular y su cúpula dirigente siempre ha estado ahí, si bien resulta matizada por los sucesivos resultados electorales del partido. A mejores resultados, menor contestación interna. Más o menos como en todas partes, pero con un inequívoco color popular. Esta tensión se ha hecho insoportable tras la segunda derrota electoral de Rajoy. Las últimas Elecciones Generales han dejado al descubierto un secreto a voces: la absoluta imposibilidad de Mariano Rajoy para ganar unas Elecciones Generales... para articular una oposición firme frente a los socialistas gobernantes. Y es que estaba cantado. Al menos por nosotros, los falangistas. Eternos aguafiestas, hemos proclamado constantemente la inoperatividad de la oposición pepera al socialismo.
Rajoy no ilusiona. Rajoy no consigue atraer en su torno a un número suficiente de electores como para arrebatar la mayoría al PSOE. Rajoy es víctima de las contradicciones internas nacidas desde sus propias filas. Y lo gracioso es que, ahora, la culpa de no ganar las Elecciones está en la línea política seguida, como si el propio Rajoy hubiese sido ajeno a la cuestión antes de su derrota. Esta derrota que hace que el militante popular -que el elector popular- detenga un momento su camino y se plantee muchas y variadas cuestiones. Estas preguntas vienen a configurar las contradicciones propias de aquella opción política. Que alguien le explique la razón de la terminante negativa a negociar con ETA durante la anterior legislatura socialista en contraposición al apoyo que, en su momento, se otorgó al Gobierno Aznar para hacer lo mismo. Que alguien le explique la razón de esa pretendida dureza frente al fenómeno de la inmigración ilegal ostentada en campaña por Mariano Rajoy, en contraposición a la plena permisividad -cristalizada en auténticas ríadas de dinero a fondo perdido para proyectos de la llamada integración- y a las cifras de establecimiento inmigrante en las Comunidades gobernadas por el Partido Popular, amén de las cifras ingentes de entrada de personas en España durante la Era Aznar. Que alguien le explique los constantes vaivenes del Partido frente a las opciones nacionalistas, que han traído consigo un ahora sí con el Gobierno Aznar -y los mejores conciertos económicos obtenidos por el PNV hasta la fecha- un ahora no con Zapatero y un nuevo ahora sí propugnado por el new style Rajoy. Que alguien le explique el decidido apoyo dado por el Partido a los Obispos españoles y, al mismo tiempo, la más alta tasa de abortos, y de establecimientos para practicarlos, en las Comunidades populares. Que alguien le explique esa contínua profesión de fe católica -muchas veces enmascarando posiciones genuínamente reaccionarias en lo social y en lo político- no correspondida, en modo alguno, por medidas de legislación o gobierno en las Comunidades en las que ganan Elecciones. Que alguien le explique la razón de afirmar una posición pública de defensa medioambiental -eterna cruz de los Ayuntamientos populares serranos- y de fomentar, al mismo tiempo, medidas de construcción desaforadas y de negación del calentamiento global...
Tal vez, la razón de estas tensiones a las que se ve sometido el elector popular no es otra que la propia naturaleza del Partido. Y es que la opción popular no es más que un gran conglomerado de ideas y de personas. Se trata de un enorme cajón de sastre en el que caben franquistas reciclados y sin reciclar, extremoderechistas acomplejados, derechistas sin más, liberales conservadores, liberales sin más, conservadores a palo seco, conservadores derechistas, conservadores izquierdistas, centroderechistas, centroizquierdistas... y demás variopintas posibilidades del arco político existente en esa pluriforme institución que denominamos -por los siglos de los siglos, amén- como la Derecha Española.
Tal vez, esa sea la razón del actual enfrentamiento interno. En que una formación política de composición tan varíada como esta tan sólo sea capaz de permanecer unida en la victoria. Tal vez, como se ha venido diciendo por algunos analistas estos últimos días, la solución sea una fragmentación definitiva y una correlativa articulación de distintas alternativas ideológicamente sólidas. De todas formas, esta situación podría servir para definir posiciones políticas. Para saber quién quiere volver -por enésima vez- a virar hacia el centrismo... quién quiere -por enésima vez- volver a negociar con los nacionalistas vascos y catalanes y quien quiere -por enésima vez- articular una opción conservadora de inspiración católica. Sea cual sea el resultado de este actual debate, los afiliados y simpatizantes populares deberían reivindicar -por encima de cualquier otra consideración coyuntural- el derecho de todos y cada uno de ellos a defender políticamente sus propias y más íntimas convicciones, sin estar sometidos -de manera casi constante- a esta suerte de paranoia ideológica... de permanente confrontación entre lo que se siente interiormente y lo que, al final, se acaba haciendo. Entre tus convicciones reales y la praxis.