FELIZ AÑO NUEVO DAMAS Y CABALLEROS.

Ha sido un año 2.023 duro y despíadado: tan malo como aquellos memorables malos de las películas de Serie B. Tal vez lo note más con el paso del tiempo -como aquellas heridas viejas que duelen cuando empieza a llover- pero presiento que los acontecimientos que, día tras día, van sucediéndose en nuestra vida -tanto en la personal como en la colectiva- ya no dan tregua y ni, tan siquiera, tienen la más mínima compasión. Estamos rodeados de enemigos políticos -ellos mismos han elegido la senda de la guerra y la pérdida de cualquier mútua cortesía- y también de enemigos personales. Es toda una divertida adivinanza comprobar en quiénes de ellos coinciden ambas condiciones y en quiénes no. Afortunadamente, las personas que nos quieren mal -y hablo ahora en nombre de todos- son extensamente rebasadas por aquellas que nos quieren bien. Sea por esto o por lo otro, nos hemos pasado el año corriendo de un lado para otro en mitad de una profundísima crisis económica y debajo de una auténtica avalancha de miseria política y social.
Sin embargo, un año más, resistimos. Y no sólo resistimos sino que, contra viento y marea, avanzamos. Avanzamos sobre el cierzo violento de una Patria que debemos construir y sobre los despojos de un viejo mundo que -aunque nos pese- se está negando a caer de manera pacífica y tranquila. Sobre este vendaval -este viento fuerte que proviene del inhóspito Sur- caminamos nosotros Damas y Caballeros. A veces perplejos y a veces asustados. Pero siempre rectos y en una misma dirección.
Damas y Caballeros. Conceptos manoseados dentro de un mundo cada vez más complejo. Es muy difícil cumplir con las íntegras exigencias de la caballerosidad porque, casi siempre, se nos queda fuera algo que pudimos haber hecho de manera correcta y que, al final, no hicimos. Y también porque nunca llueve a gusto de todos y porque, en estricta lógica, lo que hacemos favoreciendo a una persona tal vez sea susceptible de ofender, al mismo tiempo, a otra. Sin embargo, y para empezar este recién nacido año 2.024 con toda una declaración de principios, pudiera ser acaso conveniente recordar las viejas reglas que siempre han distinguido a una Dama y a un Caballero. Así: con la mayúscula propia de las cosas grandes y únicas.
Ser fiel a los principios que defiendes y ser fiel a la palabra dada. Ser leal a las personas que uno quiere y atenderlas siempre por encima de cualquier otra cosa. Ser inflexible con las personas que uno no quiere y situarlas en el oscuro rincón de tu desprecio. Ser siempre tan afectuoso y cortés con aquellos que tienen menos poder y suerte que tú que con aquellos que tienen más de ambos que uno. Nada más, y nada menos, que estas sencillísimas reglas de conducta. Estas normas son el verdadero núcleo de la cuestión, absolutamente al margen de una determinada manera de vestir o de unos modales exquisitos o de unos determinados hábitos culturales y sociales. Esas cosas, por lo general, no suelen venir sino después de la práctica de ciertos usos de una forma repetitiva y constante. Acaban saliendo solos. Lo otro -lo verdaderamente esencial- es mucho más complicado y difícil. He incumplido tantas veces estas reglas que -tan sólo- puedo consolarme en el recuerdo de las muchísimas veces en que también las he cumplido.
Una vez más -Damas y Caballeros- intentaremos seguir con nuestra vida y con nuestras muy particulares historias. Estamos creando -aunque no os déis a veces cuenta- un mundo nuevo regido por estos pilares inmutables. Porque, aunque parecen distantes y olvidados, están más radiantes y jóvenes que nunca: los hacen grandes los contrastes evidentes respecto al cieno negro que suele rodearnos y constituyen la base indiscutible del modelo de sociedad que estamos pretendiendo edificar. Feliz Año Nuevo, Damas y Caballeros.