EL NO IRLANDÉS Y LA EUROPA SOLIDARIA

15.06.2008

Publicado en el Núm. 132 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Que el conocido como Tratado de Lisboa es un truco -un burdo birlibirloque- es algo que a nadie se le escapa. Un atajo político adoptado por la burocracia de Bruselas -casta social digna de estudios zoológicos más detenidos que el presente- para poder ahorrarse la voluntad popular en la construcción de esta Europa que, a la larga, nos acabarán imponiendo. Y es que como la Constitución Europea se topó con el rechazo de buena parte de los ciudadanos -expresada a través de varias consultas populares de resultado adverso para este proyecto normativo- esta casta política decidió modificar su estrategia, elaborando el llamado Tratado de Lisboa, el cual es suscrito sólo por los Gobiernos respectivos, sin intervención popular en esta aprobación. Sin embargo, los indómitos irlandeses -ciudadanos con una larga tradición en la defensa de las formas democráticas de gobierno- decidieron someter esta cuestión a referéndum y, por extensión, darnos una alegría en estos tiempos duros en el que las necesitamos con urgencia. Los irlandeses sometieron el Tratado de Lisboa a la consulta de la ciudadanía, y los ciudadanos irlandeses han votado mayoritariamente que NO.

Una vez hecho público este resultado, los políticos europeos se han apresurado a reafirmar su confianza en el Tratado de Lisboa, afirmando que el proceso no se va a detener por el resultado negativo en una consulta popular realizada en un sólo país. Dentro de los que más han hablado en este sentido -faltaría más- se encuentran los socialistas españoles. Sin embargo, los políticos internos y externos han olvidado un detalle esencial: que es Irlanda, precisamente, la única nación en la cual sus ciudadanos han sido consultados. Porque no sólo los falangistas -afortunadamente también un conjunto sólido de fuerzas políticas europeas- creen que algo tan importante como la futura construcción europea debe ser sometido a la consulta popular. En todos y cada uno de los Estados miembros.

Declan Ganley, el joven político irlandés que ha llevado el peso de la posición negativa al Tratado nos lo explica maravillosamente bien el otro día en El País. Dice Gangley que las posturas negativas pretenden "devolver Europa a los pueblos y a la democracia. No podemos aceptar esta nueva transferencia de poderes a gente que no ha sido elegida y que no tiene que rendir cuentas a los electores". Además de esta perla, Gangley nos comenta lo gracioso que es que el texto se llame Tratado de Lisboa, cuando lo cierto y verdad es que se trate -dice que en un exacto 96%- de una reproducción casi exacta de la fenecida Constitución Europea.

Europa está mal acostumbrada. Nos hemos habituado a ceder -en exclusivo beneficio de un grupo minoritario e influyente- nuestros ámbitos de decisión. Nuestros ámbitos de poder. Y frente a estas renuncias esenciales, se nos ofrece un futuro eficiente y frío -de neveras repletas y prósperas- dentro del opaco gris de lo políticamente correcto. Después de la catástrofe de 1.945 -Europa asolada- parece como si los ciudadanos europeos se hubieren acomodado a esta renuncia en sus evidentes facultades de gestión y decisión. Una pérdida de poder directo en aras de un mayor avance material. La Europa de los Mercaderes triunfando sobre la simple Europa de los Ciudadanos. Y lo malo no ha sido sólo esto. Lo peor no ha venido de la mano de esta mera pérdida de poder político. Lo verdaderamente negativo ha sido que, junto a este conjunto de renuncias, se ha venido cultivando una pérdida de nuestra identidad: de nuestras propias raíces europeas. Porque si un ciudadano consciente de su propio identidad es un ciudadano políticamente responsable, el modelo europeo imperante pretende convertirnos en trabajadores desarraigados, provistos de derechos aparentes, y adormecidos en nuestra ilimitada comodidad.

Se trata, en esencia, de seguir ordeñando la vaca del bienestar. Agarrados a esta europea ubre, se nos dice que tenemos una vida envidiable. Tenemos más de lo que necesitamos, mucho más de lo que jamás hemos tenido, y lo demás -cualquier razonamiento de naturaleza cultural- es accesorio en relación a nuestra economía desarrollada. Pero esto no es. Muchos de nosotros -a lo largo y ancho de nuestra vieja Europa- no queremos que nuestras Patrias mueran de ignorancia y abatimiento filosófico. Obesidad moral, han llamado algunos autores a esta borrachera de abundancia y prosperidad. Europa no tiene hijos. Europa desprecia sus raíces culturales. El discurso oficial nos adormece y pretende hacernos creer que todo eso es muy bueno: la Europa del Tratado de Lisboa nos trae la aséptica felicidad de la economía al alza. Nos trae la felicidad eterna y terrenal. Sin embargo, existen ciudadanos -hoy han sido los irlandeses- a los que nos cuesta reconocernos en esta Europa deshumanizada del Tratado. Y es que creemos en otra Europa: la integrada por ciudadanos conscientes y dueños de su propio destino, firmemente asentados en sus raíces culturales e históricas y creyentes en la prevalencia de los valores morales esenciales sobre la mera economía. La Europa del NO a los valores del Tratado.

Pedro Peregrino - Calle la provincia 5. Burgos. 09128
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