EL FUEGO Y LA PALABRA
Publicado en el Núm. 37 (ÉPOCA II) de "La Gaceta Escurialense".

Por desgracia, no me estoy refiriendo en este título a la magnífica película de Richard Brooks... ¿la recordáis? Burt Lancaster recibió por su trabajo en esta cinta el Oscar al mejor actor principal. Y creedme que me gustaría hablar de esta película, sobre todo en las actuales circunstancias españolas. Se trata en la misma, de forma magistral, el tema de los vendedores de humo: de aquellas personas que, encandilando al auditorio con su verbo estremecedor, venden el paraíso por unas cuantas monedas de plata. De aquellas personas que, haciendo una forma de vida de la búsqueda de la salvación, venden ideas -en las que no creen- a un crédulo público que sólo busca la esperanza de las soluciones rápidas a sus problemas.
Por desgracia, no voy hoy a hablaros de cine. Porque hay que hablar de fuego: llamas pavorosas que han asolado Galicia -nuestra Galicia- de punta a punta, asolando un territorio equivalente a ochenta y seis mil hectáreas (según los datos ofrecidos por las distintas Instituciones Europeas). Un desastre ecológico de proporciones gigantescas, desmesuradas, agravado más -si cabe- por la terrible circunstancia de constituir una concatenación de incendios provocados. Ocasionados por una mano criminal. Por una trama negra de oscuras y siniestras intenciones de las que, al día de hoy, no conocemos toda su verdadera extensión y profundidad.
Incendios provocados y correlativo desastre ecológico. Y, alzando su voz por encima de las llamas -y una vez más- las voces de los políticos de turno, descargándose de responsabilidad, haciendo recaer la culpa en el prójimo, olvidando pasadas experiencias y remotos comportamientos y, en definitiva, ofreciendo a la ciudadanía el acostumbrado festival de mal gusto: la escandalosa forma de entender la política como instrumento de partido, pero no como función en interés exclusivo de la comunidad nacional. Vendedores de humo, al igual que el predicador de la película de Brooks... pero sin Oscar, por supuesto. Haciendo una interpretación tediosa y aburrida. Desvergüenza sobre el dolor.
Porque, una vez más, en Galicia nos hemos encontrado a unos socialistas desbordados por los acontecimientos. Incapaces de demostrar agilidad en la respuesta que, sin duda, debería haberse dado a un problema tan urgente y concreto como este. Lo más gracioso -y eso si el asunto tuviera la más mínima gracia- está en el diferente rasero que estos progres design aplican a las catástrofes ecológicas, dependiendo de si están o no en la oposición en ese preciso momento. Resulta increíble la escasa memoria que el PSOE ha demostrado en esta nueva cuestión gallega. En esta ocasión -con ochenta y seis mil hectáreas arrasadas por el fuego- se ha optado por achacar la desgracia a una trama de pirómanos aviesos. Nada que ver con aquel nunca mais del Prestige: ni se exige ni se profundiza en una eventual responsabilidad política, achacando el problema a una oscura conjura de pirómanos descontrolados.
Se queman ochenta y seis mil hectáreas de campo gallego. Existe una auténtica conspiración en los incendios: un conjunto de personas organizadas para la preparación y ejecución de estos actos criminales. Y, a pesar de estos gravísimos hechos, parece que no fueran con el Presidente de la Xunta ni, por supuesto, con ninguno de los Ministros de los sectores afectados.
¿Y la Oposición? ¿Y el Partido Popular? Pues como siempre: aburriendo y mucho. Reproches y reproches. Justificando, a través de las catástrofes de hoy, los errores políticos y técnicos cometidos en las catástrofes de ayer. Reflotando el Prestige para estrellarlo contra la línea de flotación de los Gobiernos Central y Autonómico. Pío pío que yo no he sido y al ataque sin imaginación. Sin una propuesta clara de solución a este problema. Fijaos bien. Siempre que hablan los populares parecen dar una sensación de firmeza. Parecen tener la clave de las situaciones, así como de las salidas seguras a cualquier crisis. Sin embargo, analizad su discurso. Comprobad su absoluta falta de originalidad. Su total ausencia de imaginación a la hora de encarar los cada vez más numerosos problemas y conflictos. Como el Predicador de Richard Brooks: repetir lo mismo siempre, pero de forma convincente. Vender humo, pero esta vez humo conservador.
España en llamas. Galicia destruída y una auténtica conspiración no descubierta tendente a quemar hectáreas y hectáreas dentro de esa Comunidad. Y, como siempre y por encima las llamas -gritando más que ellas- los políticos españoles, despedazándose mientras los rescoldos se consumen. Estableciendo su particular combate en medio -y por causa- de las desgracias sucesivas que vienen asolándonos. Me resulta doloroso, hiriente, socialmente nocivo e innecesariamente insultante que, siempre que acontece una desgracia nacional -sea el descarrilamiento de un metro, la muerte de soldados en guerras estúpidas y ajenas o cualquier tristeza similar- resulte inevitable la contemplación de los dos partidos mayoritarios entablando un peculiar combate de boxeo. Debatiendo agriamente sobre la sangre de las víctimas. Sobre la magnitud de la desgracia que, en ese mes, toque a los españoles.
Menos mal que toda tragedia ofrece ejemplos de sacrificio y de conductas honorables. Virtudes cívicas sobre los rescoldos, y a pesar de la pobre actuación de los políticos de turno. Como siempre, el abnegado Ejército Español, en primera línea de batalla de una guerra -esta vez sí- muy nuestra y necesaria. Y, también como siempre y admirativamente, los voluntarios. Jóvenes españoles que acuden -tal y como acostumbraban a hacer los Mariscales de Napoleón- allá dónde escuchan el sonido de los cañones. A paliar la crisis. A ayudar, ofreciendo su tiempo de descanso, y muchas veces su propio dinero, a las tierras y gentes que necesitan urgente apoyo y ayuda necesaria. En nuestro Pueblo, ese honorable y honorífico desinterés ha venido dado de la mano de Nacho Sánchez, quien nos ha ofrecido un verdadero ejemplo de juventud comprometida y solidaria. Ellos hablan poco y hacen mucho. Y esa es la verdadera clave de la regeneración española. Esa es la nueva política que los falangistas estamos propugnando.
El Fuego, como problema real y destructivo. La Palabra, utilizada como arma arrojadiza y no como medio de consenso. Y, en medio, la tierra quemada y el sufrimiento de nuestros ciudadanos. Y que conste que este asunto nos trae -concretamente a nuestro Pueblo- tremendos y horrorosos recuerdos. Hace siete años ya que acaeció el incendio de Abantos, y esta vez la efemérides ha coincidido con las llamas gallegas. Esto nos recuerda que los incendios forestales no son acontecimientos de orden divino: inevitables y sujetos a inabarcables leyes del azar. Los incendios forestales pueden evitarse mediante políticas medioabientales eficaces; pero es que, además, una vez producidos, deben ser explicados conveniente y profundamente al conjunto de los ciudadanos afectados: informar con extensión y, a la larga y en su caso, solicitar responsabilidades políticas o judiciales. Exactamente al contrario de lo que, tristemente, nos ocurrió a nosotros.
Acaeció un incendio montruoso, de dimensiones pavorosas. Al día de hoy, más de siete años después, no se ha ofrecido una explicación convincente de estos gravísimos hechos; explicación que, por otra parte, se hace cada día más indispensable al planear sobre este triste acontecimiento la sombra de su carácter provocado. De un posible y sospechoso carácter inmobiliario del suceso... ¿Quedarán los incendios gallegos tan envueltos en el misterio como ocurrió en el nuestro? Siete de años de oscuridad han envuelto nuestro incendio: un hecho no explicado que ha cambiado, tal vez para siempre, la vista general de San Lorenzo.