AQUELLO QUE FUIMOS AYER.

La Falange Española de las J.0.N.S., ante las primeras noticias de haber sido profanadas las tumbas de los capitanes Galán y García Hernández, no quiere demorar por veinticuatro horas su repulsión hacia los cobardes autores de semejante acto. Quien demostrara su aquiescencia para tan macabra villanía no tendría asegurada ni por un instante su permanencia en la Falange Española y de las J.0.N.S., porque en sus filas se conoce muy bien el decoro de morir por una idea" (ARRIBA. 11 de Abril de 1.935).
A mis sesenta y un años y con una más que dudosa utilidad política -nunca ha sido más cierto lo de que el tiempo de los jóvenes es para ser cantado por los jóvenes- milito en una organización que reconoce, en esta inhóspita España de 2.025, el valor y el respeto a los que han muerto por la Patria y la necesidad de que las personas honorables unan sus esfuerzos en pos de una España renacida y futura. El Frente Obrero ha conseguido galvanizar distintas voluntades basándose en un respeto mútuo y en un profundo conocimiento de la Historia de España. Esto no es otra cosa que la reconciliación nacional entendida de manera activa.
Yo he nacido en 1.963. Mi padre era militar del Arma de Caballería: Alférez Provisional durante la Guerra Civil -Academia de Dar Riffien- había combatido en Teruel y en El Ebro. Mi madre había vivido también su Guerra: ella y sus hermanas -con mi abuelo refugiado en la Embajada de Uruguay- habían pasado esos tres años dentro del Madrid sitiado, entre el miedo a los bombardeos y a los timbrazos de madrugada. Generación de 1.963.
Nunca, en aquellas charlas de excombatientes -gentes bregadas en el fuego pavoroso de las bayonetas y de los obuses y batidas bajo el inclemente sol de España o sobre la nieve de la Rusia infinita- escuché hablar mal de los soldados enemigos. Nunca, en aquellas conversaciones de mayores que uno escuchaba entre el asombro y el temor, vislumbré el más mínimo atisbo de odio o de rencor hacia los adversarios. La Guerra Civil había sido una desgracia que no debía de volver a repetirse: un evento terrible del que no eran responsables, ni por asomo, los soldados que en ella habían luchado. Cuántas veces habré escuchado -en boca de mi padre y de sus camaradas y señalándonos a los niños- aquello del "ojalá que ellos no tengan que vivirlo".
Eso no tenía nada que ver con la política: ni con el Régimen de Franco ni con ninguna otra consideración contingente. Era algo más profundo. Algo que afectaba -sin duda- a los resortes más íntimos y arraigados de los seres humanos decentes. El reconocimiento indudable del valor del enemigo y del respeto hacia su ejemplo de sacrificio, de entrega y de lealtad a los propios ideales. Aquellos hombres nos enseñaron algo que -a estas alturas de nuestra vida- no tiene precio: la certeza de que las ideas pueden defenderse con honorabilidad y con decencia y la de que los muertos de España, aquellos Caídos de los tiempos oscuros, habían muerto por una Patria en la que creían. Dulce et decorum est pro Patria mori. La abnegación suprema de darlo todo por lo que crees, con independencia de tu lado de la línea. Y también la indiscutible evidencia de que, en una situación como esa, existen arribistas, asesinos y psicópatas de toda especie. Estos últimos no eran merecedores de respeto alguno. Esta visión del mundo es la que se respiraba normalmente. En mi Colegio -inolvidable Trece Promoción de San Patricio- se repetían estas versiones de la Historia. Aquellos magníficos profesores -en su mayor parte socialistas y comunistas- que nos enseñaban la férrea honorabilidad de los que luchan honestamente y con patriotismo por lo que creen mejor.
Años sesenta y setenta. Sin teléfonos móviles, ordenadores ni analfabetos sembradores de odio. Sólo una voluntad general de mirar hacia adelante y de pasar capítulos estériles. No sé si aquello era una reconciliación efectiva, pero se le parecía mucho. La sociedad española -desde abajo y de manera cotidiana- había iniciado la senda del abrazo y del olvido: un muy peculiar camino español hacia la paz social.
Luego llegaron los setenta y sus ejemplos únicos que a muy pocos extrañaban entonces. Los Círculos José Antonio y su papel en la formación de Comisiones Obreras, Ceferino Maestú y su Revista Sindicalismo, Narciso Perales y Manuel Hedilla y el Frente Sindicalista Revolucionario y el Frente Nacional de Alianza Libre. La equiparación legal de rangos militares y las indemnizaciones a los combatientes republicanos de la Transición y su Ley de Amnistía. El terrible respeto y la búsqueda de colaboración activa entre los antiguos adversarios. Generación de 1.963 y en la parte que me tocó vivir. Me siento muy orgulloso de haber aprendido estos valores de nobleza, respeto y patriotismo. Unos valores que, al día de hoy y después de haber corrido tanta agua bajo el puente, mantengo firmemente asentados. A pesar de tanto robaperas que, desde su púlpito institucional, nos ofrece una versión cutre, falsa, progre y costrosa de nuestra propia vida: de lo que fuimos y de lo que podremos ser.